Otros paises, otras costumbres

“Otros países, otras costumbres”

Stephan se abre paso entre los mochileros de vestiduras y atavíos variopintos que medio bailan medio se tambalean en cualquier hueco del café al ritmo de lo que suene en sus propios i-pods.  Es la hora en que el café está repleto de mochileros emaileando a casa, una vez se han cansado de la playa y de rebuscar baratijas por las tiendas, cuando todavía es demasiado pronto para la cena en bares al aire libre que ponen películas copiadas apenas estrenadas en América.  El “anochecer naranja” es uno de los sitios favoritos de los viajeros, con música de MTV de contrabando a todo volumen, mucha cerveza de todas las graduaciones pero aguada, capuchinos de nata líquida y tapas vegetarianas de comida local tradicional de fusión con europea (pasta, tortillas, pizza, falafel…) y tex-mex y americana (tacos, nachos…), con camareros suecos y australianos.

Stephan y su amigo Ted tardan un rato en conseguir que les sirvan unas cervezas frías.  No les importa porque, aunque apenas llevan un par de semanas por estos lados del mundo, ya han desistido de un servicio rápido y eficiente.  Stephan conoció a su amigo americano cuando a éste lo enviaron a estudiar a un internado suizo, hace cuatro años o así.  El padre del americano, divorciado de la madre, tenía una compañía de salsas para comida y una nueva novia, mientras que su madre trabajaba para una empresa de inversiones en una posición de ejecutivo medio de sacar cuentas y papeleo por aquí y por allá, sin más historia que el agobio y la desesperación por encontrar a alguien con quien jorobar a su ex marido.  El padre del suizo trabaja con diamantes y vive entre Holanda, Suiza y varios países africanos y no volvió a casarse cuando su mujer se murió de cáncer de pecho hace ya diez años.  Stephan y Ted se cayeron bien desde el principio, si bien la amistad no fue instantánea.  Al terminar la educación secundaria, antes de enrolarse en sus respectivas carreras universitarias, decidieron en un abrir y cerrar de ojos, viajar por Asia durante el verano, convencidos por la experiencia de otros conocidos que se fueron de manta al hombro al terminar el instituto o la universidad.

Se piden dos cervezas cada uno y se abren paso hasta la zona de las mesas sin poder evitar que sus huesos respondan a los sonidos que ladran desde los bafles de tercera o cuarta mano.  Está en boca de todos la sequía que asola el este de África y la parte central de la India, con la gente muriéndose de sed e inanición por la calle sin que la ayuda que les llega cubra los mínimos.  Ted quiere aclarar los planes de la noche, que fiesta tendrá más ambiente, en qué bar dan la mejor película, donde se meterán las tías buenas y demás.  Pero Stephan está irritado con las noticias que ha leído en un periódico internacional mientras le daban un masaje de pies en la playa e insiste en que hay que tomar medidas contra la globalización y el calentamiento global.  Quiere hablar sobre la decisión de los EEUU de no firmar el tratado de Kyoto.  El suizo piensa que el hecho de que los EEUU rechacen firmar el tratado le quita credibilidad al mismo.  El americano defiende la posición de su país alegando que el tratado es poco práctico, con pretensiones irreales, que el coste de ponerlo en práctica en su país en los plazos propuestos supondría una pérdida económica tal que lanzaría al dólar a una caída en picado y, dado que la economía mundial está basada en la fuerza y entereza del dólar, la recesión mundial sería garantizada, y por lo tanto, los países menos privilegiados se darían de bruces con una pobreza aún más acusada.  El suizo contesta que es una decisión que HAY que tomar, no hay alternativas, el mundo se está convirtiendo en un desierto postnuclear cada vez más deprisa, que por lo menos podrían haber hecho concesiones, intentar cambiar algunos términos del tratado, alargar los plazos, excluir algunos puntos, lo que fuese, pero comprometerse de alguna manera, forzando así a todos los países a firmar y a comenzar los cambios, especialmente a aquellos en vías de desarrollo, con tanta prisa por enriquecerse que se saltan todas las pautas cambiando salud por dinero fácil.

Y no veas como se iba liando, que si humos por aquí, destrucciones de selva por allá.  Que si en Suiza también hay unas fábricas en el norte que echan un nitrato que pa qué.  El caso es que la conversación va subiendo de tono, especialmente por parte del americano que, a medida que se va exaltando se le van haciendo los gestos más dramáticos y la voz se le va escapando de la garganta con vibraciones más y más intensas.

En el ambiente relajado del café, que da a una playa sin iluminación, donde la que la mayoría se amontona en alfombras y cojines y, o están emporrados o aún les duran los efectos de los porros y la cerveza o la ginebra de destilación en un pueblo de al lado por un par de vecinos algo así como más o menos pero relativamente fiables de la noche anterior, los jovenzuelos novatos vestidos con camisetas de colores estridentes y tejanos de diseño, se mezclan con mochilleros de la vieja escuela, que se quedaron de posthipies por 10 años sin encontrar el camino de vuelta y que han adoptado lo que ellos consideran la vestimenta local, las miradas se van alzando, las conversaciones silenciando, la respiración aguantando por la disrupción del ambiente relajado con vistas escénicas a la calle cosmopolita, no obstante rústica por lo carente de asfaltado, los colores estridentes de las casas y los marcos de los escaparates y sus baratas mercancías expuestas y la multitud de perros étnicos sin dueño que van deambulando sin mucho que hacer, sin hambre y sin ganas de morder por el calor, o bien a la playa tranquila.  Una chica muy rubia de pelo reseco casi corto y con una anilla colgándole de la ceja izquierda, probablemente alemana, o más bien holandesa, por la determinación de su mirada y la forma asertiva en la que mantiene su postura, mira fijamente al suizo como ordenándole de que haga el favor de hacer que su acompañante recobre la compostura porque se está convirtiendo en un incordio innecesario.

Stephan que, contra más se va exaltando su amigo más se va retrayendo él y más se va ocultando en sí mismo, contrayendo los músculos delgados y estilizados que denotan su procedencia de la suiza alemana, acariciándose impacientemente su mandíbula imberbe en un gesto inconfundiblemente italiano, queriendo que su amigo parase, sin atreverse a hacerle notar que se está pasando, encontrándose de pronto con un choque cultural que ya había intuido anteriormente, durante los cuatro años o así desde que conoció a su amigo Ted pero que nunca supuso que se saldría de madre ni de que le causaría semejante incordio.  Aún más, esperaba un choque cultural con los habitantes del país que visitaban, especialmente con los de menor acceso a la educación;  sin embargo, se había sentido bastante bien acogido entre sus nativos, gente de sonrisa fácil y amable que le recordaba a la gente de su tierra, siendo con diferencia mucho más amables y respetuosos, tímidos a ultranza, de risa ingenua y incapaces de mirarle a los ojos, con las chicas comportándose como si fuese guapísimo, sin que antes se hubiese sentido otra cosa que moderadamente agraciado.  No, la verdad es que encontraba la amabilidad y el calor atmosférico y humano, acogedor y relajante.  Dormía siestas y comía tomándose su tiempo.  Aprendió rápido a aceptar sin desesperarse, que una hora dada significaba que una aproximación que bien podría resultar siendo la siguiente hora, y le parecía bien.  Ideal no, pero llevadero.  La tranquilidad con la que se lo tomaban todo le daba una calma a la que bien podría acoplarse sin el mayor reparo, con lo acostumbrado que estaba a dar explicaciones y a hacer lo que se esperaba de él, no tanto por ser suizo de familia próspera sino por el simple hecho de ser europeo.  Se ocultaba tras sus gafas de montura oscura de diseño italiano y la espalda se le erguía sin darse cuenta.  Pero su amigo se comportaba con aires de nuevo rico tan opuesto a las buenas maneras europeas que al suizo se le encendieron los colores por encima del rojo playero acumulado tras varias lunas de pasar mucho tiempo al sol sin protección suficiente.

Al americano, ofuscado por la falta de lógica y el exceso de sentimentalismo hippie de su amigo, las palabras se le iban escapando en contra de su propia lógica.  “Y qué más da si se agotan los recursos en un país de mierda, si hay tantos países de mierda, que en cuanto uno deje de producir, se le deja en paz por unos años hasta que se recupere, y se escoge otro de por la misma zona, si total ¿que quieres?, si hay una cola de países de mierda que no paran de pedir a gritos el dólar americano.  Si dices que está mal darles salarios de $1 al día, ¿qué pasa si las compañías americanas no hubiesen llegado?  Tendrían sueldos de $0 al día”.  Y dale que te pego con la prepotencia americana, dando por supuesto, como la mayoría de sus paranoicos compatriotas, de que todo el mundo quería ser americano, de que todo el mundo los envidiaba, de que todos les admiraban.  “Qué carajo, si nosotros los americanos empezamos con nada, por allí correteaban los indios en taparrabos, sin plantar un acre de trigo ni de nada que no creciese naturalmente, y en cuanto nos deshicimos de los gobiernos ingleses, franceses y españoles, ya ves tú, en un siglo nos convertimos en los más grandes, temidos y admirados”.

Alrededor, miradas mezcladas de escepticismo y de desaprobación, humo espirado sonoramente por la nariz, cejas arqueadas hasta causar dolor, estómagos comprimidos, palabras retenidas tras los dientes.

“Que sí, Ted, que todo eso está muy bien, y es muy merecedor de quitarse el sombrero, no veas tú, y más comparando con los suizos, la de años que llevamos criando vacas para poder permitirnos las chaquetas de piel, lo que pasa es que el mundo se seca, hombre, y eso no está bien, porque cuando empieza a secarse por una esquina, se va extendiendo la sequedad como una plaga y al final nos llega hasta las puertas de casa.  Ten en cuenta que en Suiza se nos están derritiendo los glaciares y, mientras tanto, las zonas más afectadas por la sequía y el deterioro del suelo, provocan hordas masivas de, adivina bien, emigrantes míseros a tu país y al mío.  Ahora los estáis poniendo límites a esos muertos de hambre, como tú los llamas, pero se os cuelan por todos los agujeros.  Si en tu país, dentro de nada, los que habláis inglés vais a ser una minoría étnica, ¿no te das cuenta?  ¿No te da pena ver los centenares de emigrantes, millares en el caso de tu país, que llegan a diario, sin conocerse los unos a los otros, dejando atrás a toda su familia, amigos y conocidos, a su tierra del alma, con una sola bolsa de mano conteniendo dos mudas y alguna dirección sin saber ni gota de inglés ni de la vida diaria occidental más que por alguna película y poco más?  La mayoría tendrá que hacer cosas que no imaginaron jamás, chicas que trabajaban como peluqueras terminarán ejerciendo la prostitución, hombres que se han educado como maestros o economistas trabajarán de basureros o de picapedreros, sin tener más noticias de su familia más que una vez al mes cuando reciben carta dándoles las gracias por el dinero enviado e interesándose por cualquiera que sean las mentiras que les han contado intentando ocultar las numerosas noches solitarias llorando sin descanso, con agonía, con el corazón desparramándoseles por las rendijas de los dedos, impotentes ante una miseria aún mayor de la que tenían antes, porque ésta, aunque pague con dólares o con euros o libras, viene con humillaciones y desprecios, algo a lo que no estaban acostumbrados o apenas conocían.  Y sin poder dar vuelta atrás.  Y no me vengas con que ellos se lo han buscado.

Como sea, la conversación continúa por un rato y otro par de cervezas,  hasta que el americano decide irse por las de Villadiego a otro bar a ver si se camela a alguna chiquita.  Y el suizo se queda allí plantado, con su cigarrillo y sus gafas, con las que intenta ocultar su vergüenza, mirando furtivamente a los ojos de los otros viajeros para intentar adivinar su posición, incómodo por haberse visto expuesto, confrontado.  Se pregunta si pudiese haber sido su culpa, habiendo empujado las barreras más de la cuenta, decepcionado consigo mismo por no haber intuido que su manera de exponer sus pensamientos pudiese haber sido irrazonable o ruda para su amigo, cuando él sólo estaba entablando conversación, queriendo discutir razonablemente, como tantas veces lo hacía en “fumare/non fumare” de su Basilea natal, donde se sentaba en cualquier silla a compartir el espacio y el tiempo fuese con quien fuera que estuviese sentado junto a su silla, y se ponían a hablar por el sólo hecho de hablar y jugaban a resolver los problemas del mundo y, alguna vez, entre café y café, cerveza y cerveza, sacada del grifo de unos tubos probeta que se colocaban en el centro de las mesas, algo bueno salía.  Y eso era lo que quería, no necesariamente ser bueno, pero sí ser justo.

Stephan se queda solo con sus divagaciones y su incomodidad mientras varias chicas se lo van escudriñando, curiosas de su manera reservada, incitadas por su misterio, como si no se percatase de lo que se mueve por alrededor, como si sus pensamientos estuviesen más allá de los planetas distantes del Sistema Solar, como si no oyese la música electro, ni notase la cerveza que le iba cayendo encima, desde los vasos de los zombis.  Alto y muy delgado, con el pelo muy oscuro y algo larguillo, recién cortado por él mismo, con las puntas a diferentes alturas, más cortas por delante, pero sin forma alguna;  sus ojos claros, que ni son azules ni son grises ni son verdes, llenos de magnetismo.  Entabla conversación con unos suecos y alemanes en camisetas de rayas horizontales de diversos colores que se están dando una paliza al billar que hacen caso omiso del follón que han montado antes Ted y él.  Algunas chicas se le acercan y se ponen a ver la partida de billar junto a él.  Unas inglesas regorditas y presuntuosas que le interesan tanto como una patada en el estómago.  Las charlas son monótonas, del estilo al que ya se han acostumbrado.  Que si de dónde eres, que si en cuántos países has estado, cuánto tiempo llevas aquí y a dónde te diriges.

En la mirada se le van apareciendo manchitas blancas que se van difuminando, emborronándole la visión cuando alguien viene a dar la noticia de que han atropellado a un mochilero y después lo han acribillado a tiros.  La noticia ondea en susurros poco antes de medianoche y se corre como un reguero de pólvora (o como un marido urgente al que le esperan la cena y la mujer) en menos de dos minutos, hasta que su reguero le llega a oídos a Stephan y el corazón se le para en vilo.  Y va siguiendo las huellas del reguero de pólvora, intentando desenredar detalles, asustado, con la piel quemándole y el sudor frío empapándole la espalda, diciéndose que no es él, que Ted estará retorciéndose con alguna criatura de cuerpo esculpido y ojos sinuosos en la litera encima de la suya, sin atreverse a ir a comprobarlo, paralizado de no querer descubrir lo que el corazón le dice que es cierto y la razón que se lo había buscado.

Lo que sigue le hace sentir como en trance, como si estuviese borracho, sin que en realidad lo estuviese del todo.  Con alguien que viene a buscarle, directamente a él, porque los han visto juntos, en el hostal o por la calle, o por donde sea, y le dice que vaya con él, que se ha armado la de Cristo, con los viajeros y los camareros de los bares más cercanos al puente encaramados a las barandillas, admirando el cadáver, con la policía dando órdenes sin ton ni son, conocedores de la que se les ha caído encima, con un muerto con pasaporte norteamericano, cagados con la responsabilidad de la investigación interna que les va a cuestionar todas sus acciones, desesperados por echarle el muerto a otro.

Así que ahí le llevan, casi a rastras, con su rostro estupefacto que en realidad sólo parece tan suizo, tan alemán, tan estoico.  Con los policías empujándole y gritándole en un idioma que no entendía, con la sangre subiéndosele a la cabeza y el estómago traicionándole.  Seguro de que se la iba a cargar él, tan ansiosos como se les veía por cargarle el muerto a alguien.  Qué, con la cantidad de testigos que los vieron discutiendo, y el tiempo interminable que pasó en los servicios tratando de secarse el sudor que le chorreaba por todas partes.  Qué importaba  que sus palabras hubiesen ofendido a casi todo aquél que las había oído.

El caso es que nadie más le conocía.  Todos le sabían quien era, todos le habían visto, pero nadie era su amigo, nadie había hablado con él sino de forma casual.  Sí, algunos recordaban que en la noche de autos habían comentado unas palabras con él, no recordando cuándo exactamente, borrachos y emporrados como estaban.  Que estaba solo, eso sí, pero podía haber sido una hora o dos desde que lo vieron discutir con el americano, porque, eso sí, todos se acordaban de la discusión con el americano y de la hora en punto, pero las horas en que hablaron con él, enigmáticamente, variaban de un testigo al otro, convirtiendo a Stephan en sospechoso único, sin importar que no hubiese salido del bar y que no tuviese permiso de conducir y, por lo tanto, estaba incapacitado para alquilar un coche que hubiese aniquilado a su amigo, y de que no le encontrasen armas en su poder, ni el más mínimo resquicio de pólvora en sus muñecas.

Le costó tiempo, esfuerzos y algún que otro soborno que le dejaran llamar a su padre, al que no pudo localizar de inmediato.  Intentó en vano que le pusiesen en contacto con su embajada, temerosos como estaban los policías locales de que alguien se interpusiese antes de que ellos mismos hubiesen tomado una decisión.  Al final fue gracias a Djarf, un noruego casi calvo y tatuado hasta la nuca que llevaba unos doce años en la isla, que se interesó por su bienestar y se ofreció a ayudarle.  Habían pasado 4 días desde el suceso hasta que su padre tuvo noticias suyas y le llamó, durante los cuales convivió con cucarachas y otros bichos horrendos que no había visto jamás sin acceso a una ducha o a unos servicios que no consistiesen en un agujero en el suelo en una esquina de su celda, revolcándose en su propio sudor causado por unas fiebres que no conocía.  Lo único que recordaría después sería el MIEDO, un miedo difuso, inmaterial, aterrador.

Llamar a los padres de Ted fue una de las cosas más difíciles a las que se enfrentaría en su vida.  Curiosamente, nadie les había comunicado la desaparición de su hijo.  Entonces fue cuando se armó el belén.  Las hordas de periodistas, seguidas de funcionarios y políticos tomaron posesión de la antigua villa de pescadores, desconocida de casi todo el mundo, excepto de los lectores del Lonely Planet.  Las andanzas de los viajeros que deambulaban por la isla aparecieron en la portada de los periódicos occidentales, que pagaban cervezas a cualquiera que colaborase con unas palabras que describiesen los momentos anteriores y posteriores al asesinato, con lo cual, los voluntarios aparecían por docenas, con una diversidad impresionante de detalles y colorido que se contradecían las unas con las otras.

A Stephan no lo dejaron marcharse hasta que no se hubo arreglado el traslado del cadáver.  A un par de lugareños los sentenciaron en menos que cuesta decir “éste mismo” por el asesinato de Ted, por el que testificaron diversos testigos presenciales.  El padre de Stephan lo obligó a cancelar su viaje y a regresar a casa, castigado.

Dejaba atrás el alboroto de pelos largos y mandíbulas desatendidas de ellos y los pelos cortos y despuntados de ellas.  Camisetas de imitación de mercadillo de colorido variado con mensajes filosóficos, vaqueros carísimos de diseñadores americanos o japoneses, zapatillas de precio real $1 en factorías filipinas y precio de mercado $100.  Mercados donde se pueden comprar relojes Gucci o Cartier idénticos a los originales, carnés de estudiantes de universidades de toda Europa, América, Australia y Sudáfrica, de periodista o de lo que sea por encargo.  Palmeras, arenas blancas y cielos que dan nombre al azul celeste.  mochilas de soldado recluta que esconden IP boxes, ordenadores portátiles, móviles de última generación y DVD players.  Vuelos de £1000 y noches de £2.  Algunos sueños y muchas cervezas.  Regateos constantes y motocicletas temerarias.  Filosofadas económicas al atardecer de cómo salvar al mundo seguidas de despelotes populares en la fiesta de la espuma.  El sol agotador, las amistades fáciles.  Y la posibilidad de hacer las cosas a su manera y a su tiempo.

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